31 de diciembre de 2012

Una gran nevada

Tina y Leo estaban merendando un trozo de queso con pan cuando, a través de la ventana de la cocina, han visto que comenzaba a nevar. Primero despacito, un copo, otro copo, y luego cada vez más rápido, hasta que apenas podía verse desde la ventana el árbol del jardín.

Atila, el perro de los mellizos, ha entrado en casa cubierto de nieve. "Pero si parece un oso!", ha dicho Leo riendo.

Todos miraban cómo nevaba por la ventana. Poco a poco, la nieve ha dejado de caer. ¡El jardín estaba completamente blanco!

          - Tengo una idea, ha dicho mamá. Vamos a abrigarnos bien y saldremos a jugar con la nieve en el jardín.
          - Podemos construir un gran muñeco de nieve!

Papá ha apilado la nieve con la ayuda de Tina y Leo. Hasta que Tina le ha lanzado un puñado de nieve a Leo, que no lo ha dudado y le ha frotado la cara con un poco de nieve. Lo que ha empezado como una broma se parecía cada vez más a una pelea. Papá les pedía que parasen, Tina ha empezado a llorar... Alarmado por tanto alboroto, Atila ha llegado a todo correr... y ha destrozado el cuerpo del muñeco que estaban construyendo!

          - ¿Pero qué ocurre aquí? Mamá salía en ese momento de casa con una zanahoria, dos mandarinas y un viejo sombrero de papá.
          - ¿Por qué llevas todas esas cosas?, ha preguntado Tina
          - La zanahoria es la nariz y las mandarinas son los ojos. El sombrero es para que el muñeco no pase frío. ¡Pero ya no tenemos muñeco!
          - Tendremos que comenzar de nuevo, ha dicho papá.
          - Pero yo tengo las manos mojadas. Mamá, ¿por qué tengo las manos mojadas si no hemos jugado con agua?

Mamá ha explicado a Tina y Leo que la nieve no es más que agua muy fría. Luego ha cogido nieve en su mano y los mellizos han podido ver cómo se derretía.

Con la pelea ya olvidada, se han puesto de nuevo manos a la obra. Han construido el cuerpo de nieve y la cabeza. Han puesto los ojos, la nariz y el sombrero. Qué muñeco tan bonito!

Ilustración: Ana del Arenal

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24 de diciembre de 2012

La tortuga patinadora

También disponible como audiocuento.

En el bosque también llegaba el invierno y empezaba a hacer mucho frío, tanto que el río se había helado y los animales ya no se podían bañar en él.

-¡Qué pena!-  pensaban la liebre y el castor -¡Con lo que nos gusta bañarnos y nadar en el río!-
En cambio la tortuga estaba contenta, a ella el agua no le gustaba mucho. Era una tortuga de tierra que solo metía sus patas en el agua cuando hacía demasiado calor, nada más que para refrescarse un poco. Pero le daba pena ver al resto de los animales tristes, porque decían que eso de bañarse en el río era muy divertido, y ahora en invierno no podían darse un chapuzón.

-¡No os desaniméis! Con el río helado también nos lo podemos pasar bien, ¡podemos patinar en él!-
-¡Qué idea más genial!- gritaron la liebre y el castor, al tiempo que daban un salto al río helado. 

¡Menudo resbalón que se dieron! A la tortuga no le había dado tiempo a explicar que para patinar había que entrar despacito en el río y que poco a poco había que delizarse por el hielo.

Y para evitar más resbalones, la tortuga decidió darles clases de patinaje a los animales. Como patines utilizaban unas enormas hojas verdes que ponían bajo sus patas, y con ellas se movían por el hielo como unos verdaderos patinadores. Pero lo mejor era el final de la clase, cuando para celebrar todo lo que iban aprendiendo, la tortuga se ponía panza arriba, los animales se subían en su tripa y ella se dejaba resbalar río abajo como si fuera un trineo.

-Yujuuuuuuuuu ¡A tope de velocidad!- gritaban los animales mientras ella se deslizaba río abajo. ¡Qué divertido era el río también en invierno!

Ilustración: Ana del Arenal
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17 de diciembre de 2012

Tina y Leo juegan al escondite

 
          - 1, 2, 3. 4, 5… y 10!
 
Papá, mamá, Tina y Leo han salido al jardín a jugar al escondite. La primera que ha empezado a contar ha sido mamá. Papá se ha escondido detrás de uno de los árboles y Tina y Leo detrás de las sillas del jardín. ¡Mamá juega muy bien al escondite! Enseguida les ha encontrado.
 
Después le ha tocado el turno a Tina. Enseguida ha visto que los rizos de Leo asomaban detrás de una de las grandes macetas junto a la entrada. Juntos, han seguido buscando a mamá y papá. Han mirado otra vez detrás del árbol, debajo de la mesa… pero no les encontraban. Han buscado y rebuscado por todos los sitios que se les ocurrían en el jardín, pero ni rastro.
 
Tina ha empezado a llamarles. “¡Mamá! ¡Papá!”.
 
          - ¿Y si se han perdido?, Leo ha empezado a preocuparse.
          - No se pueden perder, es nuestro jardín! Y ellos son mayores y no se pierden! Tina también tenía ganas de que papá y mamá aparecieran de nuevo.
 
Menos mal que Atila, el perro de Tina y Leo, ha llegado para ayudarles. Ha corrido hacia su caseta, la ha rodeado… y, justo ahí, en la parte de atrás, ha encontrado a mamá y papá. Tina y Leo se han puesto muy contentos. ¡Atila sí que es un campeón del escondite!

Ilustración: Ana del Arenal

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10 de diciembre de 2012

Los dos hermosos dientes del conejo


Había un conejo al que le gustaba mucho comer zanahorias, sobre todo cuando las untaba tanto en azúcar que las convertía en zanahorias de color blanco en lugar de color naranja.

La verdad es que las zanahorias así eran bastante sabrosas pero papá ya le advertía de que comer tanta azúcar iba a hacer que sus dos hermosos dientes, de los que tan orgulloso se sentía, acabaran por estropearse.

-Para cuidar los dientes es importante no comer mucho dulce y cepillárselos todos los días- le recordaba papá.

Una mañana  el conejo se despertó sintiendo un dolor enorme en su boca, y acudió al castor dentista para que le hiciera una revisión, no fuera a ser que alguno de sus dos hermosos dientes se cayera o estropeara.

-Mmmm lo que veo conejo es que de tanta azúcar que has tomado uno de tus hermosos dientes se ha agujereado. Para que ese diente no se dañe más, te voy a poner un empaste a base de barro y hierbas y a partir de ahora, menos azúcar y ¡a cepillarse bien los dos dientes!-

Nada más salir de la consulta del castor, y contento pensando en que seguía conservando su dentadura, el conejo fue a comprar un hermoso cepillo de dientes,  con cerdas de hierba fresca, para usarlo todas las noches después de cenar. Y además, para evitar que sus hermosos dientes se estropearan, decidió dejar de untar las zanahorias en azúcar, y probó a hacerlo en salsa de tomate ¡y qué buenas estaban también!  

Y es que, en realidad, al conejo lo que le gustaba no era ni la salsa de tomate ni el azúcar ¡eran las zanahorias de cualquiera de las formas!

Ilustración: Ana del Arenal 
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3 de diciembre de 2012

Los adornos de Navidad


Cuando papá ha entrado en el salón, llevaba tantas cajas en los brazos que sólo se le veían los ojos y la punta de la nariz. Tina y Leo le miraban, divertidos.

          - Vamos, no os quedéis ahí. Ayudadme a dejar las cajas en el suelo. Aquí están todos los adornos navideños. ¡Hoy la Navidad va a entrar en esta casa!

Enseguida han comenzado a abrir las cajas. Bolas grandes y pequeñas, guirnaldas de colores, velas estrechitas y velas gordísimas, papanoeles gordinflones… ¡Cuántas cosas!

Mientras Tina y Leo vaciaban las cajas, papá y mamá han sacado el árbol para adornarlo entre todos. Una bola por aquí, una campana por allí… ¡Hasta Atila, el perro, ha colaborado empujando las bolas con el hocico! Para terminar, en lo más alto, la estrella fugaz.

Luego, han colocado los adornos por el resto de la casa. “¡Qué bonito!”, exclamaba Tina una y otra vez.

          - Y ahora, ha anunciado papá, lo más divertido. ¡A cantar villancicos!

Papá ha puesto música y se han sentado los cuatro alrededor del árbol a cantar canciones navideñas. ¡Ya está aquí la Navidad!
Ilustración: Ana del Arenal

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26 de noviembre de 2012

El zorro aviador



Vivía en un bosque frondoso un zorro listo que todos los días se levantaba temprano para poder observar cómo los pájaros volaban por el cielo. Le encantaba su vuelo, sus giros en el aire y cómo descendían rápidamente en cuanto veían alguna miga de pan para poder comerla.

El zorro les contemplaba con un  casco de aviador en su cabeza. -“Por si acaso”- respondía cuando le preguntaban porqué lo llevaba. -“Por si acaso de repente empiezo a volar yo también”-, explicaba.

-“¡Vaya!”- pensaban el resto de animales, -“no se ha dado cuenta el zorro de que los animales que vuelan necesitan alas y él en cambio tiene patas”-. Y así se lo explicaron. Pero, el zorro, por si se habían equivocado los animales, hizo varios intentos de volar, agitando con mucha rapidez sus patas y la cola. Y como no lo conseguía decidió probar comiendo migas de pan, pensando en que ese era el secreto para poder volar como los pájaros.

Pero finalmente comprendió que, como ya le habían insistido los animales, nunca podría volar, porque no tenía alas.  Y como era listo, enseguida empezó a pensar en el montón de cosas que en cambio él sí era capaz de hacer. Como correr tanto tanto que parecía que estaba volando, y para eso sí que necesitaba el casco ¡no fuera a chocarse con algún árbol!

Ilustración: Ana del Arenal
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19 de noviembre de 2012

De charco en charco

También disponible como audiocuento.


Hoy ha llovido todo el día. Como siempre, mamá esperaba a Tina y Leo en la parada del autobús. Leo ha sido el primero en bajar. No se ha dado cuenta de que había un gran charco justo donde terminaba la escalerilla y… ¡plas! ¡Ha metido todo el pie en el agua! Se le ha mojado el zapato, el calcetín… hasta un buen trozo de pantalón estaba empapado.

A Tina le ha parecido de lo más divertido. Como bajaba justo detrás de Leo, en cuanto mamá le ha ayudado a Leo a salir del charco, Tina ha saltado sobre él. ¡Cómo ha salpicado el agua! También se ha mojado los pies. Pero a mamá no le ha parecido tan divertido.

-          Tina, lo de Leo ha sido una faena, pero no se ha dado cuenta. Pero tú te has mojado a propósito… tendremos que ir a casa a cambiaros de ropa, porque si no cogeréis un buen resfriado.

Al llegar a casa, mamá les ha quitado la ropa que estaba mojada y les ha puesto el chubasquero, el gorro y las botas de lluvia. “Ya sé que os encanta saltar en los charcos, chicos, pero es mejor que lo hagáis cuando estéis bien equipados. ¡Como ahora!”, ha dicho mamá. Y Tina y Leo han salido a la calle para saltar de charco en charco.

Ilustración: Ana del Arenal

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12 de noviembre de 2012

Los tres cerditos y el lodo

También disponible como audiocuento.

Eran tres hermanos cerditos a quienes les gustaba mucho ir a la escuela. Tenían cada uno una mochila preciosa con su nombre, en la que guardaban su estuche, el cuaderno y un libro de lectura.

Se levantaban muy temprano por la mañana para desayunar una manzana muy madura, casi casi pocha, y un buen vaso de leche que bebían con una pajita haciendo mucho ruido.

Un día, volviendo de la escuela, pasaron delante de un gran charco lleno de lodo. Con lo que les gustaba a ellos bañarse en el lodo, no lo dudaron, se quitaron las mochilas y saltaron al charco a la de una, a las dos y a las tres. Jugaron durante horas y horas, manchándose de lodo.

Cuando empezó a atardecer y casi ya no quedaba lodo en el charco, se dieron cuenta de que se había hecho muy tarde y de que sus padres estarían preocupados en casa esperándoles. Debían de pensar en alguna excusa para explicar porqué llegaban tan tarde a casa.

Por el camino fueron discutiendo. El mayor decía que podían inventarse que les había entretenido un lobo por el camino, el mediano que  se había roto el puente por el que siempre pasaban para llegar a casa y el pequeño dijo que lo mejor era decir la verdad.

Y cuando llegaron a casa, sin pensarlo, les contaron a sus padres lo bien que se lo habían pasado jugando en el lodo y que por eso se les había hecho tarde. Y como al papa cerdo y a la mamá cerda también les encantaba el lodo, les preguntaron dónde estaba ese hermoso charco ¡para ir todos juntos a darse un chapuzón!

Ilustración: Ana del Arenal

5 de noviembre de 2012

Un bebé chiquitín



Esta tarde han venido a merendar la tía Marta y el tío Luis con Pablo, el bebé que acaba de nacer. Tina y Leo tenían muchas ganas de conocer a su primo. Han sacado todos sus juguetes para que Pablo pueda jugar con ellos.

¡Pablo es muy chiquitín! La tía Marta no quería dejarlo en el suelo, así que Tina y Leo le han acercado los juguetes para que pudiera divertirse un rato. Pero ni siquiera sabía cogerlos. En lugar de jugar, se ha puesto a llorar. Tina y Leo estaban un poco decepcionados…

-          ¿Por qué no le gustan nuestros juguetes?, ha preguntado Tina
-          Aún es muy pequeño, ha explicado papá. Cuando vosotros nacisteis, tampoco os gustaban.
-          Pero es muy aburrido, sólo llora, ha dicho Leo.
-          Ahora tenemos que cuidarle. Darle de comer, ayudarle a dormir… para que pueda crecer y aprenda a jugar, a andar… hasta a correr! Como habéis hecho vosotros, ha contado la tía Marta mientras le ponía el chupete para que se calmara. Al tío Luis y a mí nos encantaría que Pablo fuera un niño tan majo como vosotros.

Leo se ha acercado a Pablo para darle un beso. “¡Huele muy mal!”. “Vaya, igual podéis ayudar a la tía a cambiarle el pañal. ¡Esa es una parte muy importante de cuidar al bebé!”, ha dicho mamá.

Mientras le ponían un pañal limpio a Pablo, Tina y Leo han pedido a papá que les contara cómo eran ellos de pequeños. “Erais unos bebés encantadores. Usabais chupete y llevabais pañal, como Pablo. Poco a poco os fuisteis haciendo mayores y dejasteis de lado el chupete y aprendisteis a ir solos al baño. Hacerse mayor es muy divertido. Cada vez podéis hacer más cosas y jugar a más juegos!”.

Ilustración: Ana del Arenal



29 de octubre de 2012

El dragón bombero


Había una vez un dragón que vivía en un bosque cerca de una aldea. Los habitantes de la aldea no se acercaban nunca a él porque le temían, se lo imaginaban enorme y echando siempre fuego por la boca.

Pero en realidad este dragón era muy simpático y bueno, y tenía un único sueño: llegar a ser bombero. Lo que no sabía es que ese sueño un día no muy lejano se iba a hacer realidad.

Ocurrió un invierno de mucho frío, en el que todas las estufas y calefacciones de la aldea cercana a su bosque se estropearon. Y a  sus habitantes se les ocurrió acudir al dragón para ver si les podía ayudar con sus llamas a encender las chimeneas de las casas, para que hubiera lumbre y calor.

Y el dragón contento así lo hizo y fue de una en una por todas las casas de la aldea echando una llamarada a las chimeneas que estaban ya preparadas con troncos y hojas viejas. Y gracias a la ayuda del dragón, en la aldea pasaron el invierno calentitos.

Como agradecimiento le dijeron que pidiera el deseo que quisiera, pues se lo iban a conceder. Y él les dijo -“Quiero ser bombero en vuestra aldea”-, y al principio se rieron -“¡Cómo iba a ser bombero un animal que provocaba el fuego!”-.

Pero sí le nombraron bombero porque en realidad los bomberos tienen muchas tareas, además de extinguir fuegos.

El dragón se convirtió en el bombero que asustaba a los zorros cuando se acercaban a comer las gallinas de la aldea y en verano era el encargado de ¡hacer fogatas en la noche de San Juan! Y aunque para estas tareas no necesitaba el casco de bombero, él siempre se lo ponía, para que todo el mundo supiera ¡qué era un dragón bombero!

Ilustración: Ana del Arenal
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22 de octubre de 2012

El cumpleaños del pulpo




Hoy es un gran día en el mar, el agua está especialmente salada y los peces andan como locos porque es el cumpleaños del pulpo. Es el cumpleaños que más gusta sobre todo porque hay un momento en el que los invitados pueden montarse en los 8 enormes tentáculos del pulpo y este empieza a dar vueltas como si fuera una barraca. “¡Yujuuuu!”, gritan todos los animales del mar mientras se marean con las vueltas que les da el pulpo. Y se agarran fuerte a sus tentáculos para no caerse.

Sin embargo, para el pulpo el mejor momento de su cumpleaños es cuando toca abrir los regalos. Y hoy ya ha abierto el primero y son unos calcetines, “¡qué bien para el invierno que el agua está muy fría!”. Después abre el segundo y son otros calcetines, “¡vaya así ya tengo unos de repuesto!”. Y cuando coge el tercer regalo resulta que también son unos calcetines, “¡uy qué voy a hacer con tanto calcetín!...”, suspira mientras piensa que no le han hecho tanta ilusión los regalos.

Menos mal que en lugar de entristecerse por tener todos los regalos iguales ha decidido darles otro uso. Para ello, ata los calcetines unos con otros y los convierte en una enorme cuerda con la que saltar a la comba ¡y qué bien se lo pasan todos los animales saltando a la comba! Tanto que el pulpo decide dejar los calcetines atados para siempre, para poder jugar mientras piensa que ¡tiene que ir a una tienda a comprar calcetines! ¡Qué no tiene y los necesita para estar calentito durante el invierno que el agua está muy fría!

Ilustración: Ana del Arenal

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15 de octubre de 2012

De visita al zoo


¡Por fin ha llegado el día! Tina y Leo están muy emocionados porque se van de excursión con todos sus compañeros de clase. Durante toda la semana les han explicado que van a ver animales de diferentes lugares del mundo.

Así que esta mañana han tomado un buen desayuno y han preparado sus mochilas con bocadillos y fruta y han cogido el autobús. Pero en lugar de ir al cole… han llegado al zoo. Tomás, su profesor, les ha dicho que se den la mano por parejas y que no se separen de él.

Primero han visto a los monos. ¡No paraban quietos! Jugaban, saltaban… Después han hecho una visita a las focas. ¡Qué graciosas eran con sus enormes bigotes! Tomás les ha repartido pequeños peces para que pudieran darles de comer. También han estado muy cerca de dos enormes jirafas y de una familia de dromedarios. Después se han sentado todos en la hierba a comer sus bocadillos.

Ya de vuelta, mamá y papá les esperaban en la parada del autobús.

“¡Nos ha gustado mucho el zoo!”, han gritado Tina y Leo al verles. Entonces mamá y papá les han dado un paquete de regalo a cada uno. “Tenemos una sorpresa para vosotros”, ha dicho mamá. Tina y Leo han abierto sus paquetes. ¡Libros de animales! “Así podréis volver a ver cuando queráis los animales que habéis conocido esta mañana”, ha explicado mamá.
Ilustración: Ana del Arenal
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8 de octubre de 2012

El caballo aventurero



En la cuadra de una granja vivía un caballo al que todos los días cepillaban, preparaban pienso y cantaban canciones dulces para dormir. 

Un día de sol este feliz caballo se distrajo persiguiendo una mariposa multicolor, que le llevó hasta un frondoso bosque, lejos de su cuadra.

Cuando se dio cuenta de dónde estaba, el caballo se preocupó porque no sabía regresar. Pero en ese momento apareció un gracioso cervatillo que le preguntó si le podía ayudar.

Cuando le contó que era un caballo perdido, el cervatillo le invitó a ir con él. El caballo relinchó y los dos juntos empezaron a caminar. A partir de ahí, para el caballo todo fueron sorpresas.

El cervatillo vivía con muchos animales pero eran todos como él.

“Es mi manada”, le explicó el cervatillo “vivimos todos juntos y nos cuidamos”.

 “Yo en la granja también vivo con animales, pero son diferentes a mí”, respondió el caballo mientras preguntaba dónde estaba el pienso para comer.

“Aquí comemos hierba fresca, esta misma que estamos pisando” le dijo riendo el cervatillo.

¡Qué buena estaba! Después de disfrutar comiendo hierba fresca, se bañaron en el río y galoparon por el bosque hasta que se agotaron tanto que se fueron a dormir a la cueva del cervatillo. “Esto no se parece en nada a mi cuadra” pensó el caballo.

Al día siguiente, era ya momento de regresar a la granja, pero al caballo le daba mucha pena ¡le había gustado tanto estar con el cervatillo! Así que decidió que todos los sábados se acercaría al bosque para estar con él.

Y para avisar al granjero de esta genial idea, el cervatillo y el caballo prepararon un cartel que decía “Hoy es sábado y me he ido de excursión al bosque. Regreso mañana”.

Y el primer sábado que el caballo fue al bosque, al granjero le encantó la idea, tanto que de vez en cuando le decía que llevará también al gallo o a la vaca a jugar al bosque con los cervatillos. 

Ilustración: Ana del Arenal

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1 de octubre de 2012

Ya ha llegado el otoño

(También disponible como audiocuento)

Atila, el perro de Tina y Leo, está jugando en el jardín con las hojas secas que se han caído del árbol que hay en un rincón.

- ¿Por qué se le caen las hojas al árbol?, ha preguntado Tina.

“Porque ya estamos en otoño”, ha contestado mamá. Entonces, papá ha tenido una gran idea. “¡Deberíamos organizar una excursión al bosque esta tarde! Esa será la mejor manera de que veáis que ha llegado el otoño”.

Después de comer, todos se han puesto sus deportivas para dar un paseo por el bosque. ¡Cuántas cosas han encontrado por el camino! Papá y mamá llevaban cada uno una cesta. En una de ellas, han ido recogiendo hojas de todos los tamaños y colores: hojas marrones, amarillas y rojas, hojas enormes y hojas pequeñitas. Atila se lo ha pasado en grande corriendo sobre las hojas secas. ¡Qué ruido hacía! En la otra cesta han guardado ramas secas, bellotas y castañas.

De vuelta a casa, mamá les ha explicado que en esta época del año muchos árboles pierden sus hojas, se llaman árboles de hoja caduca. “Empiezan cambiando de color y poco a poco van cayendo. Como si fuese un jersey que ha quedado viejo y pequeño, y ya no sirve. Los árboles se quitan ese jersey de hojas durante el otoño y durante el invierno se preparan para el jersey nuevo que crecerá en primavera y durará todo el verano”.

Entre todos, han colocado las hojas, las ramas, las castañas y las bellotas en la mesa de la entrada. Un bonito adorno para recordar que ya ha llegado el otoño.

Ilustración: Ana del Arenal

24 de septiembre de 2012

Dos gambas de cumpleaños


En un mar muy azul vivían dos gambas muy animadas a las que les gustaba mucho ir de cumpleaños.  Sobre todo les encantaba envolver los regalos que compraban con un bonito papel y ponerle un gran lazo de color.

Pero llegó un momento en el que tantos regalos hicieron que se quedaron sin dinero para poder comprar más regalos. Y entonces ya nos les gustaba ir a los cumpleaños porque ¡no había regalo qué envolver ni dónde poner un lazo!

Hasta que un día su mejor amigo, Langostino, les invitó a su fiesta de cumpleaños ¡No podían faltar! ¡Langostino cumplía 5 años! Y pensando pensando se les ocurrió hacerle un regalo especial, sin dinero pero con mucha imaginación.

Para ello, recogieron algas de muchos colores y de sus casas una gamba cogió una perla un poco vieja que la pintaron de verde y la otra una concha blanca que nadie utilizaba ya. Y con todo ello hicieron una bonita bandeja decorada ¡Con lo que le gustaban a Langostino las cosas para decorar!

Y contentas se fueron al cumpleaños. Y se dieron cuenta de que había sido el regalo que más había gustado de todos los que habían regalado, y que de ahora en adelante no necesitaban dinero para hacer regalos ¡solo imaginación y mucho cariño!

Y volvieron a ir a todos los cumpleaños y a celebrar también los medio cumpleaños y los casi cumpleaños ¡tenían un montón de ideas en la cabeza y querían hacer regalos todos los días!

Ilustración: Ana del Arenal

17 de septiembre de 2012

¡Desayuno en familia!

Hoy es domingo pero a Tina y Leo les gusta levantarse temprano. ¡Así tienen más tiempo para jugar!

Papá y mamá han tenido una idea: van a preparar el desayuno todos juntos. Mamá ha subido a Tina y Leo a una silla y le van a ayudar a preparar las tostadas mientras papá se encarga de la leche y el zumo.

Empieza el trabajo. Tina saca el pan del paquete y se lo da a Leo, que lo mete en la tostadora. Mamá aprieta el botón y un… dos… tres… ¡bang! Salta la primera tostada. ¡Ya tenemos una! Repiten una y otra vez hasta que hay tostadas para todos.

Ahora hay que prepararlas. Mamá le da a Tina un cuchillo especial que no corta para que unte la mantequilla y papá y Leo añaden la mermelada. Leo mete los dedos en el bote. ¡Qué rica está! Y le da a Tina para que también pruebe.

       - Tenéis toda la cara llena de mermelada!, dice mamá.
       - Son unas manchas muy ricas, dice Tina, que se está chupando los dedos.
       - Vamos, limpiaos la cara y vamos a desayunar.

Pero en lugar de hacer caso a mamá, Tina y Leo siguen jugando con la mermelada. De repente, Leo le da un codazo al bote y éste cae. “¡Todo el suelo está lleno de mermelada!”, mamá y papá no parecen muy contentos. “Tendremos que limpiarlo”.

Atila, el perro, aparece entonces por la puerta y empieza a dar grandes lametazos a la mermelada.

       - Atila está limpiando el suelo, dice Tina.
       - De buena os habéis librado, se ríe mamá. De todas maneras, espero que tengáis más cuidado y no juguéis de esa manera con la comida. Y ahora, todos a desayunar!

 
Ilustración: Ana del Arenal

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10 de septiembre de 2012

El rey rinoceronte



En una selva frondosa habían nombrado rey de la selva a ¡un rinoceronte! Le habían elegido por ser el más original y diferente, ya que era el único rinoceronte que se conocía sin cuerno.

Durante su reinado el rey rinoceronte hizo de la selva un lugar muy divertido en el que todos los animales aprendieron a nadar en el río, a comer ramas y raíces y a preparar sus cuevas y madrigueras para pasar el invierno.

Pero un otoño, el rey rinoceronte se levantó disgustado, algo le estaba creciendo justo encima de su nariz ¡parecía un cuerno! y si realmente era un cuerno significaba que iba a dejar de ser el rey de la selva y pasaría a ser un rinoceronte más.

Preocupado el rey rinoceronte fue a consultar a su tío, el gran rinoceronte, quien le explicó que se estaba convirtiendo en un animal adulto, y que por eso un cuerno empezaba a asomarse bajo su piel. Pero la respuesta no le quitó su preocupación y estuvo durante días y días pensando en una solución para seguir siendo el rey rinoceronte. Tenía que buscar una fórmula para disimular y que nadie se diera cuenta de que le había crecido el cuerno.

Y finalmente,  se le ocurrió una idea: convertir su cuerno en una corona de rey.  Solo tuvo que cubrirlo con pintura amarilla para que pareciera de oro, porque las coronas que él conocía eran todas de oro.

Y el truco funcionó. Cuando salió a pasear, los animales estaban encantados de que el rey de la selva llevara esa corona tan original. Y es que ¡era normal todos los reyes llevan corona! ¡Incluso en la selva!

Y así fue como el rinoceronte reinó durante muchos años. Aunque a los animales siempre les pareció un poco extraño que nunca se quitara esa corona amarilla… 

Ilustración: Ana del Arenal

Lee cuando quieras este cuento infantil sobre un rinoceronte



3 de septiembre de 2012

¡Vuelta al cole!


Hoy mamá no ha esperado a que Tina y Leo se levantaran solos. Ha entrado suavemente en la habitación y les ha despertado: “¡Arriba chicos! ¡Hoy toca volver a clase!”.

Los dos se han despertado de un salto, se han vestido con ayuda de mamá y han ido a la cocina a desayunar. “Tenéis que coger fuerzas, hoy va a ser un día emocionante”, les ha dicho mamá.

¡Y tanto! Tina y Leo estaban muy emocionados: tenían muchas ganas de volver a ver a sus amigos y de conocer a Tomás, su nuevo profesor. Así que después del desayuno, han comenzado a preparar sus mochilas: el estuche con las pinturas nuevas, el libro con las fichas y el cuaderno.

- ¿Y mi cuaderno? Máma, ¡no encuentro mi cuaderno!

Leo se ha puesto a buscar por todas partes, cada vez más preocupado. Tina y mamá le han ayudado, pero el cuaderno no aparecía… Hasta que Tina ha descubierto una pequeña esquina amarilla debajo de la cola de Atila, el perro de Tina y Leo, que también engullía su desayuno.

- Leo, ¡Atila se ha sentado sobre tu cuaderno!
- Atila, le ha regañado Leo, devuélveme mi cuaderno. ¡Los perros no van al colegio!

Leo estaba un poco enfadado, pero se le ha pasado al oír que mamá y Tina se echaban a reír por lo que acababa de decir.

“Ahora que los dos tenéis lista la mochila, vámonos”, ha dicho mamá, “no querréis llegar tarde a vuestro primer día de clase!”.

Ilustración: Ana del Arenal

27 de agosto de 2012

La mariquita sin manchas

(También disponible como audiocuento)




La mariquita sin manchas era muy conocida en el jardín, aunque a veces se equivocaban y decían que era un escarabajo rojo. Ella tenía que repetir una y otra vez “¡No soy un escarabajo! ¡Soy una mariquita sin manchas! ¡pero mariquita como el resto de las mariquitas!”.  Y mientras lo decía, pensaba “¡cómo me gustaría tener manchas para que no dijeran que parezco un escarabajo rojo!”

Y la verdad es que esta mariquita había realizado numerosos intentos para ponerse unas manchas. Pero ninguno había funcionado: si se las pintaba, cuando llovía se borraban; si se las pegaba, cuando se bañaba en el río se despegaban; si se ponía una camiseta con manchas, pasaba demasiado calor…

Un día ocurrió algo asombroso. Cuando por la mañana se despertó, se miró en el espejo y observó unas pequeñas manchas que le estaban creciendo en su caparazón. Eran unos pequeños puntos negros. “¡Genial! Tengo manchas como el resto de las mariquitas”, pensó contenta.

Sin embargo, cuando fue a jugar sintió algo extraño, hasta ahora todos los bichos del jardín le reconocían sin problema pues ¡era la única mariquita sin manchas! Pero ahora nadie la encontraba y la confundían con el resto de mariquitas. Hasta el ciempiés se acercó a ella para preguntarle si había visto a la mariquita sin manchas. Y ella le respondió “¡si soy yo!” Pero el ciempiés no le creyó al verle los pequeños puntos negros que tenía su caparazón.

Así que la mariquita decidió que quería ser como antes para que sus amigos le reconocieran. Se pasó una semana entera intentando limpiarse con jabón las manchas que le estaban saliendo. Y tanto tanto lo intentó que al final lo consiguió, y volvió a ser la mariquita sin manchas a la que confundían con un escarabajo rojo. Pero ahora ella respondía “no soy un escarabajo, soy una mariquita original y única, ¡soy la mariquita sin manchas!” 

Ilustración: Ana del Arenal

Lee cuando quieras este cuento infantil sobre una mariquita

13 de agosto de 2012

Un paseo en bici




Cuando Tina y Leo se han despertado de la siesta, Papá les tenía preparada una sorpresa.

-       Chicos, vamos a coger las bicis y ¡daremos un paseo!

¡Qué contentos se han puesto Tina y Leo! Papá tiene una bici verde y mamá una azul, las dos tienen una silla en la que viajan Tina y Leo. Se han puesto los cascos y cuando mamá ha preguntado “¿Estáis listos?”, los dos han contestado “¡Síííí´!!”.

Al principio papá y mamá han ido despacito. Tina y Leo iban cantando, cada uno en una bici.

Después de unas cuantas canciones, Tina y Leo querían más emociones. “¡Más rápido, más rápido!”, han empezado a gritar. Y papá y mamá han pedaleado, y pedaleado más, y más aún… ¡Qué divertido el viento en la cara! Los rizos de Tina y Leo no paraban de moverse.

Hasta que han llegado a una larga cuesta. Las bicis han empezado a coger velocidad. A Tina le ha gustado mucho, no paraba de gritar de la emoción. El pobre Leo al principio se ha asustado un poco, hasta ha cerrado los ojos. Luego los ha abierto poco a poco y al llegar al final de la cuesta también gritaba como Tina ¡Qué emocionante ha sido bajar por la cuesta!

Cuando se han recuperado de las emociones, han vuelto a cantar. Hasta que han visto que, a lo lejos, se veía ya su casa.

-       “¡Queremos más!”, han pedido Tina y Leo
-       Pero papá y yo estamos cansado de tanto pedalear, ha explicado mamá.
-       Además, he dejado unos bocadillos preparados, ¡nos están esperando en casa!

Ilustración: Ana del Arenal

Lee cuando quieras este cuento infantil de Tina y Leo en bici


6 de agosto de 2012

Los erizos colorados


Ra, Re, Ri y Ro eran  cuatro erizos muy graciosos que se divertían un montón juntos, sobre todo rodando por las colinas en otoño y recogiendo con sus pinchos las hojas que caían de los árboles. Eran muy amigos y se parecían mucho entre ellos: redonditos, con púas largas y traviesos. Eran tan iguales que los animales del bosque no conseguían distinguirlos y confundían a unos con otros.

De los cuatro, Ri era el más travieso. Y la travesura que más le gustaba hacer era pinchar con sus púas al conejo. Y el conejo como no sabía qué erizo había sido, porque le parecían los cuatro iguales, se enfadaba con todos ellos. Y eso no les gustaba mucho a Ra, Re y Ro, porque con su amigo el conejo se lo pasaban en grande en el bosque.

Re decidió pensar una solución para que el conejo les pudieran distinguir y solo se enfadara con quien le había hecho la travesura. Y pensando y pensando, recordó que en la escuela hacía poco habían estudiado los colores, y que eran muy diferentes entre ellos: el rojo, el verde, el amarillo, el azul...

Le pedió a la profesora de la escuela las acuarelas que habían utilizado en clase e hizo una fiesta de pinturas con sus amigos Ra, Ri y Ro. En la fiesta, cada uno eligió el color que más le gustaba y se pintaron las púas con él. Ra eligió el rojo, Re el amarillo, Ri el verde y Ro el azul.

Después de haber pasado toda una tarde pintándose las púas fueron a jugar y ¡qué sorpresa cuando se dieron cuenta de que los animales del bosque les distinguían! gracias a que cada uno era de un color.

El único que les seguía sin distinguir, por sus problemas de vista, era el señor topo. Así que desde aquel día Ri hacia todas sus travesuras al señor topo, que se enfadaba con los cuatro erizos porque no sabía quien había sido.

Aunque también él terminó por darse cuenta quien era el que le hacía las travesuras, porque a Ri siempre se le escapaba una risita que el señor topo aprendió a reconocer enseguida.

Ilustración: Ana del Arenal
Lee cuando quieras este cuento infantil sobre unos erizos

30 de julio de 2012

¡Un perro!


cuentos infantiles
Hace unas semanas, Tina y Leo pidieron a una estrella fugaz un deseo: que papá y mamá comprasen un perro. ¡El mejor juguete del mundo!

Cuando papá y mamá aceptaron, pusieron una condición: todos ayudarían a cuidar del perro. “No es un juguete”, dijo mamá muy seria, “es un animal, está vivo. Hay que cuidarle muy bien, como hacemos papá y yo con vosotros. Jugaréis con el perro, pero también nos ayudaréis a cuidar de él”.

Hoy, por fin, van a ir a la tienda de animales a elegir a su mascota. Pero al arrancar, papá no se ha dirigido al centro comercial. “Chicos, vamos a elegir a nuestro perro en otro sitio”.

Así han llegado a la perrera. Papá les ha explicado que allí van todos los perros que pierden a su dueño. ¡Cuántos perros! Grandes, pequeños, marrones, blancos…

- Ése, me gusta ése de ahí!, ha gritado Leo.

Señalaba a un perro de grandes ojos tristes, que se había quedado mirando a Leo fijamente. “¿A ti te gusta Tina?”, ha preguntado mamá. “¡Sí!”.

De camino a casa han pensado diferentes nombres, pero no se han puesto de acuerdo. “Vamos a darle un buen baño en el jardín y después le enseñaremos la cama que le hemos preparado”, ha dicho mamá.

El baño ha sido de lo más animado! El perro se sacudía y salpicaba a Tina y Leo, que reían a carcajadas. Ha correteado por todo el jardín. ¡No paraba quieto!

- Este perro es de lo más guerrero!, ha dicho mamá.
- Deberíamos ponerle el nombre de un famoso guerrero. ¡Deberíamos llamarle Atila!
- ¡Atila!, han gritado Tina y Leo.

Y Atila, muy contento con su nuevo nombre, ha ido corriendo a jugar con Tina y Leo.

Ilustración: Ana del Arenal

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23 de julio de 2012

Col, el caracol miricol en busca del sol

cuentos infantiles

Col era un caracol miricol al que le gustaba mucho sacar sus cuernos al sol. Pero en el bosque en el que vivía siempre llovía y Col se había convertido en el caracol triste que nunca veía un rayo de sol. Hasta que un buen día decidió ir a descubrir otros bosques donde calentaran los rayos. Se convirtió entonces en el caracol miricol que iba en busca del sol.

Hizo su maleta y puso todas las cosas necesarias para su aventura en su concha de espiral: pijama, almohada, una hoja de lechuga bien grande, agua, bañador, crema protectora y gafas para el sol. Y comenzó su viaje, muy lento, normal porque era un caracol, pero muy contento pensando en sus días de calor que estaban por llegar.

El momento más difícil del viaje fue aquel en el que se encontró frente a una enorme colina que había que subir. Su concha, tan cargada de útiles, le pesaba demasiado y además ¡empezaba a estar cansado! Así que hizo una parada y aprovechó para almorzar la lechuga y el agua. Ahora iba más ligero pero sin embargo Col tenía la tripa demasiado llena ¡había comido y bebido tanto! Decidió echarse una siesta ¡menos mal que había cogido el pijama y la almohada!

Después de la siesta Col se sentía mejor y con fuerzas para empezar el ascenso por la colina. Y cuando por fin llegó a la cima sus antenas no podían creerse lo que estaban viendo ¡un extenso valle soleado! Se deslizó y corrió  colina abajo como nunca un caracol lo había hecho, hasta llegar al valle.

Se puso su bañador, gafas de sol y extendió por su concha la crema solar ¡había encontrado el bosque en el que quería vivir! Hacía calor y el sol brillaba. Así que decidió quedarse allí y convertirse en el caracol miricol ¡que siempre se estaba tostando al sol!

Ilustración: Ana del Arenal

16 de julio de 2012

Una noche de estrellas



- ¿Tenéis sueño?, ha preguntado mamá después de cenar
- Noooo, han contestado Tina y Leo
- ¿Os gustaría que fuéramos a ver las estrellas?
- ¿Qué son las estrellas?
- Son puntos de luz que brillan en el cielo. Algunas noches se mueven, entonces se llaman estrellas fugaces. Seguro que hoy podemos ver alguna.

Tina y Leo han ido con mamá y papá hasta un monte que hay cerca de casa. Han sacado la vieja manta que llevan siempre en el coche y se han sentado los cuatro a mirar el cielo.

- ¡Cuántas seprellas!
- Se dice estrellas, ha corregido Leo, pero ninguna se mueve.
- Hay que esperar un poco, ha dicho papá.

Los cuatro estaban mirando atentamente al cielo mientras bebían los vasos de leche que ha preparado mamá.

- ¡Ahí, ahí hay una!, mamá ha señalado una estrella que se movía en el cielo. ¿La veis?
- ¡Sí!, Tina y Leo se han puesto muy contentos.
- Ahora tenéis que pedir un deseo, ha explicado papá.
- ¡Queremos un perro!, han pedido Tina y Leo a la vez.

Vaya, vaya… ¿concederán de verdad las estrellas fugaces los deseos?
Ilustración: Ana del Arenal

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9 de julio de 2012

Las margaritas se van de excursión

cuentos infantiles


El jardín donde vivían las margaritas era entretenido en verano, pero no lo suficiente para ellas. En esos meses de calor, siempre había niños que jugaban en el jardín con los pies llenos de arena ¡de la playa! Y las margaritas les escuchaban con envidia lo bien que se lo habían pasado haciendo castillos con la arena e intentando saltar las olas.

Así que un sábado soleado decidieron irse de excursión ellas también a la playa. Tuvieron suerte porque alguien se había olvidado un coche de juguete en el jardín, así que se montaron en él y pusieron rumbo a la arena y las olas de agua salada.

“Uuyyyy, ¡cuánta agua!¡cuánta arena!” gritaron ilusionadas las margaritas al llegar. Menuda ilusión se llevaron al ver la playa, y cuánto les gustó. Primero decidieron tomar el sol, y lo hicieron sobre unas hojas verdes enormes que habían traído del jardín. 

Después de un tiempo tomando el sol, quisieron bañarse. Y poco a poco fueron mojando sus tallos, luego sus pétalos y por fin se metieron enteras en el agua del mar. Saltaron las olas, nadaron un poco y cuando vieron el atardecer, decidieron que ya era hora de regresar al jardín. Además en cuanto anochecía las luciérnagas empezaban a iluminarse y a cantar, y era uno de los momentos más hermosos del jardín de las margaritas. ¡No se lo querían perder!

La sorpresa vino cuando montaron en el coche para volver a su jardín. ¡No entraban! ¡Algo pasaba!¡Habían crecido! Claro, pensó la más lista, “¡el agua nos ha hecho crecer!” Así que tuvieron que agacharse y ponerse muy juntitas para poder entrar de nuevo en el coche de juguete. Pero no les importó. ¡Se lo habían pasado tan bien! Así que felices, y más altas, llegaron a su jardín, donde se plantaron de nuevo y oyeron susurrar a los niños y a las niñas “¡Cuánto han crecido estas margaritas!”. Sólo ellas sabían el porqué.

Y las luciérnagas empezaron a cantar una noche más.

Ilustración: Ana del Arenal




2 de julio de 2012

Tina y Leo van a la playa


cuentos infantiles

- ¡Yupi!, han gritado Tina y Leo cuando papá ha aparcado junto a la playa.

No habían vuelto al mar desde el verano pasado y estaban muy emocionados por volver a la playa.

Han extendido las toallas, han colocado la sombrilla y mientras mamá inflaba los flotadores han empezado a construir un bonito castillo de arena. Tina trabajaba muy concentrada en la segunda torre del castillo cuando Leo ha llegado corriendo y ha saltado sobre la torre que ya estaba construida.

- Leo, noooo!, se ha enfadado Tina, y han empezado a pelearse. Pronto estaban los dos llenos de arena.

“¡Basta ya!”, ha dicho papá. No le gusta nada que Tina y Leo se peleen. “Leo, no puedes destrozar lo que hace Tina. Y Tina, no se puede lanzar arena de esa manera. Daos un abrazo y haced las paces”.

Tina y Leo han hecho caso a papá. Enseguida mamá ha llegado con los flotadores y han ido todos juntos a bañarse.

¡Qué divertido! Tina y Leo chapoteaban con los pies todo el tiempo. Han jugado los cuatro a tirarse la pelota… ¡hasta han visto un pez!

Después del baño, mamá les ha dado melón. ¡Qué hambre da la playa! Se han sentado en la toalla para comerlo.

- Leo, ¿quieres que hagamos otro castillo de arena? Ya no estoy enfadada contigo.
- Vale, te ayudaré, ha contestado Leo.
- ¡Lo construiremos todos juntos!, ha dicho mamá.

Y se han puesto manos a la obra. ¡Será el mejor castillo de toda la playa!
Ilustración: Ana del Arenal

25 de junio de 2012

Un elefante resfriado y un ratoncito preocupado

cuentos infantiles

En la selva más lejana del mundo pasean todos los días un pequeño ratoncito y un enorme elefante. El ratoncito va siempre sentado en la trompa del elefante y cuando llega la noche, se tumba y allí se duerme, y si tiene frío se hace una manta con los pelos de la trompa. Al elefante le encanta estar con el ratoncito, es muy gracioso, cuenta muchos chistes y le hace reír.

Una mañana, después de un día de lluvia en el que se habían calado ¡hasta los huesos! el elefante y el ratoncito empezaron su paseo matinal. Pero en seguida el elefante levantó muy alto la trompa  para dejarla caer rápidamente mientras estornudaba AAAACCHIIIISSSSSSS. Y el ratoncito cayó al suelo. Pero el elefante le recogió y le subió de nuevo a su trompa. Y siguieron paseando. Cinco minutos después volvió otro estornudo y el ratoncito acabó en el suelo de nuevo. El elefante le sentó rápidamente en la trompa, y le preguntó si se había hecho daño. Y siguieron paseando, pero después de otros cinco minutos AAAACHIIISSSSSS ¡otro estornudo del elefante! Y esta vez el ratoncito preocupado le dijo “¡no puedo volver a sentarme en tu trompa hasta que no se te pase el resfriado y dejes de estornudar!”

Entre los dos decidieron pedir consejo al zorro, el animal más listo de la selva. “La solución es fácil”, dijo el zorro, “el elefante debe de descansar, nada de paseos, y debe de beber mucha agua del río para que se le pase el resfriado”. Y el elefante así lo hizo, y en dos días dejó de estornudar.

Aunque, el ratoncito, pensando en que podía volver a resfriarse el elefante, decidió comprarle un regalo sorpresa ¡un impermeable! Si se lo ponía los días de lluvia, el elefante no volvería a resfriarse ni a estornudar y podría ir montado en su trompa sin peligro de caerse ¡Qué contento se iba a poner el elefante! ¡además había pensado un montón de chistes nuevos para todos los paseos que iban a dar!

Ilustración: Ana del Arenal



18 de junio de 2012

¡Patos al agua!

(También disponible como audiocuento)

cuentos infantiles
Los mellizos Tina y Leo se lo han pasado de miedo esta tarde en el parque. De vuelta a casa, mamá ha preparado el baño como todas las tardes. Tina y Leo se bañan juntos, ¡les encanta! Agua calentita, muchos juguetes… ¡y a chapotear!

Aunque mamá siempre les diga que tengan cuidado con tanto chapoteo, a Tina y Leo les gusta mucho que el agua salpique. Hoy, además, toca lavar el pelo. Así que después de enjabonarles todo el cuerpo, mamá les ha puesto champú en la cabeza. Primero a Leo y luego a Tina. Ha comenzado a frotar, y frotar, y frotar… hasta que se les ha llenado la cabeza de espuma.

- ¡Pareces una tarta!, le ha dicho Tina a Leo. Y los dos han empezado a reír a carcajadas.
- Papá, ven, soy una tarta!!

Papá ha entrado a toda velocidad en el baño para ver las cabezas de Tina y Leo convertidas en bonitas tartas de champú. Pero sin darse cuenta ha resbalado con el agua que había caído fuera de la bañera y se ha pegado un buen culetazo.

- ¿Estás bien?, ha preguntado mamá, un poco preocupada.
- Sí, tranquilos. ¡Tina y Leo han vuelto a llenarlo todo de agua! Oye, es verdad que parecéis dos tartas… Ahora no tengo dos niños, ¡tengo dos merengues gigantes!

Y todos han vuelto a estallar en risas. Papá se ha levantado del suelo y Leo le ha dicho “Papá, no queremos que te vuelvas a caer, intentaremos tener más cuidado con el agua”. “Eso está muy bien, Leo”, ha contestado papá. “¡Es una muy buena idea para una cabeza de merengue!”

Ilustración: Ana del Arenal

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11 de junio de 2012

El tiburón que aprendió a nadar


cuentos infantiles


Era un tiburón pequeño, de apenas unos meses, que veía con envidia cómo los tiburones grandes nadaban y se movían por el mar con mucha soltura. Él también quería ser como ellos, para hacer carreras con las tortugas de mar y poder bucear durante kilómetros y kilómetros.

Así que una noche decidió decirle a su abuelo tiburón que le enseñara a nadar.  Este le explicó, con mucha paciencia, que para poder nadar era necesario que su aleta y su cola crecieran un poco más. Pero el tiburón pequeño no quería esperar y tenía prisa por aprender a nadar, así que le insistió a su abuelo tiburón para que inventara una solución.

El abuelo le puso unas aletas y una cola hechas de algas y le enseñó los movimientos que tenía que hacer para poder nadar. El tiburón con el paso de los días consiguió nadar. Creía que gracias a sus aletas y cola de algas, pero en realidad era que había crecido ¡ya medía 6 metros! y que, como todos los tiburones, podía nadar veloz por el mar con sus aletas y cola de verdad. 

Ilustración: Ana del  Arenal

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